Tres poses de Fernanda Coral

Por Roberto Carlos Ortiz
Fotos por Eriko Stark y Alexia Zúñiga

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PICS rememora a individuos de la historia social contemporánea de México a través de su sección Homenajes. En esta ocasión, el escritor Roberto Ortiz aborda desde tres fotografías, los actos performáticos de Fernanda Coral (Ciudad de México, 1962-2019) frente a la mirada cinematográfica. Dedicamos este texto a Coral Bonelli, a sus luchas íntimas, profesionales y legales. A una agitadora social de carácter ríspido, vibrante y precursor de las revaloraciones de comunidades transexuales y transgénero.

I.

La starlet se arriesga a convertirse en estrella a través de las mismas fotografías y actitudes que la estrella rechaza.
Edgar Morin, Las estrellas de cine

Eriko Stark, Coral Bonelli, 2018. Cortesía del artista

Al ver su rostro me comentan: “qué fuerte”, “es trabajadora sexual”, “parece enojada”, “como si estuviera resentida”, “como que no ha logrado lo que quería”, “como que el mundo le debe algo”. Especulan brevemente sobre la foto que observan en mi celular sin ningún contexto, sin saber su nombre, sin el referente narrativo de Quebranto (Roberto Fiesco, 2013), el premiado documental que representó su historia dentro un marco evocador del melodrama mexicano, introduciéndola a ritmo de bolero en un café de chinos. Mis colegas no tienen referencias históricas de los “niños imitadores” en las carpas de los años sesenta, del cine mexicano de los años setenta, de los bailarines del Teatro Blanquita de los años ochenta, o de las historias que transcurren en barrios específicos de la Ciudad de México. En su página de Facebook, el fotógrafo y escritor Eriko Stark contextualiza la imagen que muestro en relación con charlas, anécdotas e historias compartidas en torno a la vida nocturna en Garibaldi. Sin embargo, las reacciones sin contexto me resultan reveladoras precisamente porque despojan el rostro de Fernanda Coral García Ortega, mejor conocida por su nombre artístico Coral Bonelli, de significantes externos a la imagen. Ante sus miradas, Coral Bonelli deja de ser “la actriz trans recuperada para el cine” y se vuelve una trabajadora sexual más de una noche citadina cualquiera, cuyo rostro sugiere resentimiento por lo que la vida le quedó a deber.

El fotógrafo George Hurrell ha definido el glamour de las estrellas del cine clásico de Hollywood como “el look de alcoba”, entablando una relación histórica entre el trabajo de las estrellas y las sexoservidoras. Tras darse a conocer a finales de los años sesenta como “fotomimo” de carpas, niño imitador del amanerado baladista español Raphael, Fernanda Coral —entonces conocida como Fernando García, “Pinolito”— se inicia en el cine mexicano de los años setenta a través de la imagen de su madre, Lilia Ortega, como uno de los rostros “típicamente mexicanos” que trabajan de extras. En referencia a títulos fundacionales del cine mexicano de los años treinta, Carlos Monsiváis comenta la importancia que adquieren en el imaginario popular las caras de estos “artistas del fondo”: “el conjunto de extras y actores característicos es, casi literalmente, El Pueblo, la substancia de la Mexicanidad” (Rostros del cine mexicano). Fernanda Coral pasa a un plano más principal —la posibilidad de convertirse en estrella— con un destacado papel secundario en Fe, esperanza y caridad (Alberto Bojorquez, Luis Alcoriza y Jorge Fons, 1974), película que ella describirá como “su primer protagónico”, aunque su crédito como Niño Fernando García “Pinolito” es el penúltimo al final del film. En Quebranto, el director Jorge Fons describe su rostro infantil de modo franco y directo: “tenía un ceño popular, muy característico… el rostro de los niños de la calle”. Pese al paso de los años y sus cambios físicos, Jorge Fons comenta que las facciones características de su “cara afilada” siguen “siendo iguales”. Dado su aspecto, Fernanda Coral se frustra durante esta etapa de su vida cuando, en vez de papeles de “niño rico”, solo le ofrecen papeles “de pobre o de indito”. El cartel de Alejandro Magallanes para Quebranto, película responsable por su “resurgimiento artístico” en los década de los 2010, muestra su rostro maduro que, dividido en dos, forma una especie de máscara grotesca, la antítesis del glamour de estrella de cine. Las fotos de Eriko Stark le dan un glamour callejero que a la vez pone de frente y refutan el “look de alcoba” de Fernanda Coral, quien se describe en una entrevista como “regordeta, morena, cacariza”.

II.

como [sus admiradores], también [la estrella] se pregunta si ella es realmente idéntica a su doble en la pantalla.
Edgar Morin, Las estrellas de cine

Eriko Stark, Coral Bonelli, 2018. Cortesía del artista

Les muestro otra imagen de Eriko Stark, esta vez en blanco y negro, en la que Fernanda Coral aparece de cuerpo completo, posando en la calle. “Como que trata, pero no le sale”, me comentan. Un colega gay mexicanoamericano, muy joven, me sugiere que vea los videos de una youtubera trans de Nuevo Laredo. Su referente visual no es ni el cine ni el teatro nacional ni las historias de las noches capitalinas, sino una visibilidad mexicana trans y fronteriza que se difunde en redes sociales sin apelar al sincero testimonio melodramático, sino al divertido performance autoparódico. En tiempos de múltiples autorretratos y entrevistas en YouTube, de auto curaduría de imágenes e historias efímeras compartidas en Instagram, de sofisticadas series de televisión como Pose, ¿qué impacto tienen, más allá de unos circuitos limitados, los largometrajes que han documentado las vidas de Coral Bonelli y otras chicas trans mexicanas?

La primera vez que vi a Coral Bonelli fue durante una proyección festivalera de Quebranto, cuando la novedad ya había pasado. Recuerdo una sesión de preguntas y respuestas frustrantes, cuyo mayor interés fue la dinámica entre doña Lilia Ortega y su hija. La voz de la madre rompía los silencios incómodos e invitaba al público a hacer preguntas, mientras que Coral, tras excusar la ausencia del director, sonaba compungida en sus respuestas y permanecía callada con micrófono en mano durante los silencios. A doña Lilia solo la pude ver bien a la salida. Para ansiedad mía, dada mi timidez, la diminuta señora se posicionó de modo que no quedaba otra más que saludarlas al salir de la sala. Con abrigo abierto revelando su vestido, doña Lilia posaba cual estrella de cine en una premier y no en una proyección tarde en la noche en Cinemex. Simpática, doña Lilia parecía exigirnos reconocimiento a través de su voz y de su pose. A su derecha, Coral lucía muy casual, como cualquier señora de mediana edad en un Walmart.

Meses después, ya fallecida doña Lilia, asistí a la presentación de un libro donde participó una Coral Bonelli bien arreglada y divertida, salvo por la tristeza al recordar a su madre. Me llamó la atención que se refería a Quebranto como “mi película” y se autodescribía como “arielada” (ganadora del premio Ariel a mejor documental). Unas notas de prensa iniciales sobre Quebranto anticipaban una narrativa lineal en que “el actor infantil Pinolito es ahora el travesti Coral Bonelli”. El producto final es una mezcla sofisticada de documental y ficción que ofrece una mirada empática sobre Coral y su madre doña Lilia, estructurada muy al gusto de la cinefilia mexicana: referentes melodramáticos sonoros, paseo por los Estudios Churubusco, recreación de una escena de Fe, esperanza y caridad, múltiples clips e imágenes de archivo. Pese al juego entre géneros cinematográficos —o precisamente por ello— Coral Bonelli dice en una entrevista de 2015 que Quebranto la muestra “tal cual soy, la persona que soy actualmente”.

Como las starlets, estrellas y vedettes de otros tiempos, ella hilvanaba una autobiografía cinematográfica que se tomaba libertades interpretativas. En una entrevista de 2018, donde se la ve caminar con bastón en mano, producto de complicaciones con la diabetes, la recién casada Fernanda Coral afirmaba: “yo fui prodigio del cine nacional. Busquen películas mías y van a ver con quién estuve, ¿sí?” La revisión de su filmografía revela una trayectoria limitada de progresión descuidada. Las películas de niños prodigio como Evita Muñoz “Chachita” (la Shirley Temple mexicana) o Joselito (el pequeño ruiseñor español) estaban al servicio de la estrella infantil. La única película que aproxima a Fernando García Ortega a este tipo de cine es El hijo de los pobres (1975), melodrama para lucimiento del cantante norteño Cornelio Reyna dirigido por Rubén Galindo, auteur de cine popular, incluyendo películas de Pedrito Fernández. Cabe notar el contraste entre cómo Galindo presenta a Fernando García Ortega (como figura en los créditos) en El hijo de los pobres y al efímero niño cantor Chavita (conocido por “Huesito de chabacano”) en la antecesora Lágrimas de mi barrio (1973). La secuencia de créditos prepara el close-up introductorio del rostro blanco y lloroso de Chavita, a quien Cornelio Reyna le ordena: “a ver, levanta esa cara”. Poco después, Chavita interpretó su único número musical: el flirteo incestuoso de “Papito dame un veinte”. Aunque técnicamente hacen lo mismo (usar playback), al “fonomimo” Pinolito no se le provee ese “yo interior” que sugieren las voces potentes de los niños cantores. El pathos melodramático no viene de su voz sino de su rostro “de la calle”, maquillado grotescamente para simular las cicatrices de un incendio.

III.

mientras que la estrella huye de sus admiradores, la starlet debe buscar los suyos; mientras que la estrella revela su alma, la starlet debe exhibir su cuerpo
Edgar Morin, Las estrellas de cine

Alexia Zúñiga, Coral, 2015. Cortesía de la artista

La foto de Alexia Zúñiga en que Fernanda Coral aparece semidesnuda, rodeada de sus vestidos, con el lado derecho de su rostro apenas visible, en principio me trajo a la mente a las vedettes de teatro de revista que posaban tras bastidores en diferentes grados de desnudez “artística”. La pose íntima captada en esta foto, sin embargo, no apela a un voyeurismo morboso sobre el cuerpo desnudo de la mujer trans. Fernanda Coral muestra su cuerpo parcialmente y de lejos, creando la ilusión de acceso a su intimidad. Sin embargo, las aspirantes a estrellas o las estrellas envejecidas y olvidadas se ven obligadas a exponerse de otros modos y Coral Bonelli lo hace procurando trabajo sexual o repitiendo su historia en entrevistas. En un programa de radio Internet la presentan como un “gran personaje del medio artístico” y “gran estrella de México”, aunque ese status lo contradice cuando da su número de celular para contrataciones del “Coral Travesti Show” o, en otro programa, termina la promoción de una obra de teatro con “compren mi película, Quebranto”. El modo de “exponer” su identidad cambia. En 2014 dice en una entrevista: “yo soy hombre. Nací hombre y me voy a morir hombre”. En 2018, entrevistada por chicas trans, aclara: “yo, quité eso de ser hombre y ahora soy la Señora Fernanda Coral García Ortega, casada civilmente”.

Tras su muerte, un video de Notimex muestra a su viudo, José Antonio Vázquez Vallin, al lado de un altar casero donde reposan las cenizas de Fernanda Coral, rodeado de coronas fúnebres y paredes con imágenes de su esposa y su suegra. El viudo conmueve al compartir el deseo de transformar el departamento en museo y cumplir la promesa de que “de que todo esto esté intacto”, de que no saldrán de ahí las imágenes que conforman el archivo personal de quien, dice más adelante, “para mí, siempre fue, Fernanda Coral”. En las paredes se ven reconocimientos, carteles sujetados por tachuelas, fotos personales colgadas en marcos baratos, laminadas o enmarcadas con centellantes cintas de colores. Lo que ante la mirada amorosa del viudo es un museo en ciernes, para otros pudiera evidenciar una acumulación sentimental indiscriminada, una estética kitsch sin guiño irónico que redima su “mal gusto” ante una crítica clasista. Las imágenes de Fernanda Coral captadas por Eriko Stark y Alexia Zúñiga complementan la curaduría amateur del museo doméstico mediante poses que honran e invitan a múltiples lecturas de la estrella.

Roberto Carlos Ortiz es escritor e investigador, egresado de Tulane University (Nueva Orleans). Sus trabajos recientes proponen diversos modos de mirar y valorar la obra de creadores LGBTQ (Agustín Martínez Castro, artistas undocuqueer), melodramas y noir mexicanos (La huella de unos labios, Muchachas de uniforme), estrellas de cine (Sonia Braga, Holly Woodlawn, vedettes) y cineastas experimentales.