La litrona: ocio y producción cultural en tiempos del encierro

Iván Ortega López

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El mainstream cultural mexicano es lo que es: un globo desinflado. Desprovisto de herramientas básicas digitales, ese sector llamado por sí mismo “cultural” se enfrenta a una realidad cruel, de la que difícilmente podrá sustraer un aprendizaje global. Frente a su parálisis a veces más vale dejar que las cosas sucedan, como hizo el grupo español Cariño en el Cuarentena Fest transmitido desde las salas de las casas de sus integrantes.

La posibilidad no es la realidad en sí pero sí es una realidad.
Gramsci

¿Alguien quiere Molly? Tengo dron.
Usuario anónimo

1.

Plan de contingencia
(o la falta de)

Se cerraron museos, se cancelaron exposiciones, se cancelaron lecturas de poesía, se cancelaron talleres, se cancelaron presentaciones de libros. Algo quedó claro muy pronto: el mainstream cultural tampoco contaba con un plan para operar durante contingencias.

En las semanas siguientes a la llamada oficial a permanecer en casa, surgieron algunas propuestas: lecturas en línea, clases en línea, conferencias en línea, conversatorios en línea, talleres en línea. El sistema cultural quedó reducido a gente hablando enfrente de la cámara de su laptop.

lecturas en línea, clases en línea, conferencias en línea,
conversatorios en línea,
talleres en línea. El sistema cultural quedó reducido a gente hablando enfrente de la cámara de su laptop.

Por curiosidad, decidí entrar a las emisiones de algunos y me sorprendieron los números. Un novelista consolidado ofreció una plática sobre su libro recién publicado en Instagram con una audiencia de trece personas. Este patrón se repitió. La asistencia a un evento cultural es un acto social. Se va a ver y a ser visto. Si se le resta esto, se le quita muchísimo peso libidinal a casi todo tipo de evento cultural. Las presentaciones en red, al menos como se plantearon desde los principales puntos del escenario cultural mexicano, no funcionaron.

2.

La litrona

Hace aproximadamente tres semanas, en mi feed de Instagram apareció por medio de stories en la cuenta de María Talaverano (@valverdina) lo que, medio en broma pero también medio en serio, llamé “la mejor serie del momento”: La Litrona.

La “trama” de La Litrona es muy sencilla. Desde la ventana del departamento de la cantante española María Talaverano, integrante del trío de tontipop Cariño, puede verse un parque pequeño. Desconozco su nombre. Poco antes de que se decretara la cuarentena en España a raíz del Covid-19, alguien dejó abandonada una Litrona (el equivalente mexicano sería un envase de caguama) en una de las bancas del parque. A lo largo de dos semanas, Talaverano hizo al menos una story por día protagonizada por la solitaria botella. De cierto modo, La Litrona recuerda un poco a ciertos pasajes de La novela luminosa de Mario Levrero, aunque en lugar de un cadáver de paloma, con lo que la mirada de la autora dialoga es con una botella vacía.

La Litrona recuerda un poco a ciertos pasajes de La novela luminosa de Mario Levrero, aunque en lugar de un cadáver de paloma, con lo que la mirada de la autora dialoga es con una botella vacía.

Hay momentos de tensión absurda, en los que otros seres (perros, policías, ciudadanos) pasan cerca de la botella. Hay mucho del azar objetivo que predicaron los surrealistas en esta serie. Se puede ver, de manera oblicua, el colapso de los servicios estatales españoles y la angustia por la pandemia.

Hay también marcas claras de que esta serie fue producto del ocio, pero también de la melancolía, que produjeron el encierro temporal al que fuimos (¿somos, aún, al momento de publicación de este artículo?) sometidos. Pero hay, sí, un impulso creativo, sin el cual no hubiera sido posible. Es también posible ver en esta pequeña serie, de manera velada y siniestra, la suspensión de algunas funciones de los servicios públicos durante la crisis. La serie concluyó, de manera completamente previsible, cuando alguien decidió realizar una labor de ciudadano responsable y llevar la botella al depósito de desechos más cercano. Todo demasiado simple, todo demasiado idiota. Sin embargo, esta story despertó en mí una serie de ideas y me ayudó a aterrizar algunas otras.

Por los mismos días, la banda de Talaverano, Cariño, realizó dos actos que me parecieron también respuestas interesantes al fenómeno del encierro. Por una parte dieron, dentro del marco del Cuarentena Fest, un pequeño concierto gratuito en vivo vía su canal de Youtube con un chat abierto en el que sus fans pudieron “buscarse” en medio de la multitud, así como lanzarle piropos a la banda. En medio de todas las intervenciones surgió una que llamó mi atención. Un usuario repetía constantemente las mismas dos frases: “¿Alguien quiere molly? Tengo dron”. Hay gente que está preparada y hay gente que está preparada para todo.

“¿Alguien quiere molly? Tengo dron”. Hay gente que está preparada y hay gente que está preparada para todo.

El “concierto” fue transmitido desde la sala del departamento de Talaverano y debido a la contingencia las otras dos integrantes grabaron un video en el que tocaban la base instrumental de las canciones. Básicamente se trató de una sesión de karaoke. Fue tan fatal como bello (la misma María Talaverano observa constantemente que su voz no está muy entrenada). La audiencia fue de aproximadamente cinco mil personas, que parecería lo normal para una banda de pop, pero estamos hablando de una banda que ha construido su carrera tocando como segundonas en festivales o en lugares en los que caben, como máximo, seiscientas o setecientas personas. El segundo acto de la banda fue comenzar a vender una playera que conmemora su no-tour, la cual es una playera de tour normal, con el logo de la banda en el frente y las fechas de la gira en la parte trasera, con el detalle notable de que todas las fechas estaban tachadas, entre ellas la que sería su participación en Coachella (un logro importante, no sólo considerando que Cariño es una agrupación que canta en español sino que también es una banda muy joven, con apenas dos años de existencia), así como su primer concierto en México.

3.

¿Y a mí qué?

Surgen, supongo, preguntas. ¿Qué tienen que ver estas dos cosas? ¿A poco no sabe esta persona que existen, desde hace años, el arte digital y el arte en línea? ¿No se estará sobredimensionando la importancia de un puñado de stories de Instagram? Claro, el arte digital y el net art son tan viejos como la red misma, pero en este momento quisiera hablar más bien sobre la parálisis que le impuso el aislamiento social a la manera principal de socializar la cultura. En el modo en la que respondieron Talaverano y compañía (y no son las únicas cuya respuesta a la crisis me pareció acertada y estimulante) a esta contingencia se encuentra, creo yo, una posible solución al impasse que sufrió el gremio cultural (aunque me baso en el caso mexicano, asumo que la situación no habrá sido diferente en múltiples partes del mundo) en las últimas semanas. El gran problema que se enfrentó fue, creo, una pésima relación con la cultura digital. La manera en la que se reaccionó a la contingencia sólo pareció comprobar una máxima de Mark Fisher: la cultura del siglo XXI es la cultura del XX pero distribuida por medio de banda ancha. Por su parte, entidades que han permanecido en los márgenes (aunque con un éxito innegable), como lo es el conjunto de cuentas que operan bajo el nombre de Obras de Arte Comentadas continuó operando de la misma manera en la que lo ha hecho desde su surgimiento (y es posible que con audiencias mucho mayores).

Me parece que el problema es relativamente viejo: la separación innecesaria entre cultura y vida cotidiana (si alguien quiere bibliografía al respecto puede consultar, a manera de excelentes introducciones a este problema, To Hell with Culture de Herbert Read, así como el pequeño ensayo de Habermas titulado “La modernidad, un proyecto inconcluso”). Las partes del gremio que más sufrieron son aquellas que todavía no han sabido incorporar de manera orgánica su arte a su vida cotidiana (y por extensión a sus redes). Las redes han ofrecido (y creo que sin saberlo siquiera) una salida al bloqueo de la producción cultural aislada. Me interesa retomar el caso de las Cariño porque de manera intuitiva supieron canalizar por medio de las redes una posible ausencia de las presentaciones en vivo, lo cual sucedió de manera natural, ya que desde sus inicios han mantenido no sólo cuentas personales y una cuenta de la agrupación sino también una cuenta de memes administrados por la banda.

Parece algo banal, pero en términos generales es un elemento que confirma su manejo experto de la manera en la que han sabido colocar su contenido y su manera de consolidarse como presencia cultural más que como banda. En redes como Instagram se entreteje la expresión personal unida a un componente que incorpora elementos tanto de espectáculo como de poesía. Depende siempre de las usuarias la manera en la que se maneja el balance de estos dos componentes. Hay algo en Instagram que permite el surgimiento de sujetos líricos o narrativos a partir del uso de imágenes (y aquí el caso paradigmático es el de la poeta Eileen Myles, quien ha sabido construir un paralelo a su obra “principal” por medio de esta plataforma) pues los requerimientos formales de esta red exigen siempre cierto grado de creatividad. Si bien Instagram fue concebido para que influencers pudieran promocionar marcas de ropa, perfumes, calzado, etcétera, es una plataforma cuyos principios comerciales son muy fáciles de subvertir. Al mismo tiempo hay que rescatar (y con rescatar no quiero decir únicamente aplaudir, sino realmente llevar o intentar llevar a cabo esta misma práctica en los demás aspectos que ocupan nuestra vida cultural y nuestra vida en las redes) la manera en que la recepción dentro de esta plataforma diluye lo artístico y lo personal, haciendo a ambos componentes uno mismo.

lo que pude entrever en los absurdos posts que constituyen la serie de La Litrona fue precisamente eso: una posibilidad de creación libre de cualquier tipo de censura cultural

En fin, lo que pude entrever en los absurdos posts que constituyen la serie de La Litrona fue precisamente eso: una posibilidad de creación libre de cualquier tipo de censura cultural, es decir, libre de compromisos (estéticos, políticos, comerciales). En este tipo de publicaciones encontramos un diálogo con lo menor y lo creativo que con frecuencia nos deja con obras nuevas, ni ignorables ni completamente trascendentes (¿pero qué obra en el siglo XXI realmente lo es?) para las que carecemos de un vocabulario interpretativo, estimulantes en términos críticos pero no del todo importantes y, sobre todo, divertidas. Es más, no son del todo obras. Se trata de algo que está continuamente escapando de la etiqueta de lo cultural y que no puede ser encasillada meramente como capricho personal. Éste, me parece, es un buen camino a seguir para la producción cultural posterior a este encierro. Ya ni siquiera lo llamaremos obra, o arte o cultura. Surgirá de manera espontánea y se colará en todas las discusiones posibles o imaginables como, de hecho, ya lo ha estado haciendo.

Iván Ortega López (Ciudad de México, 1990). Estudió Letras Inglesas y realizó la maestría en Literatura Comparada en la UNAM. Ha colaborado con diversos medios, como La tempestad y Marvin.
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